¿Y si se encuentran el Capitán Beto y el Mayor Tom?

Los dos, en el espacio, sin saber dónde van ni saber cómo volver. No sé -y me da igual- si una va de un colectivero -conductor de autobuses, ¡gallegos!- que lo pierde todo y vive en su autobús o de un astronauta al que las cosas le van mal. Lo más importante, realmente, me parece el irte, el desaparecer, y la incertidumbre, la incertidumbre del ir, del volver, del quedarte, del recordar, del que te recuerden.

Ahora mismo, y a falta de entregar el proyecto de final de carrera -del que a lo mejor hablo un día- en septiembre, podemos decir que ya estoy doblelicenciado. Y con esa doblelicenciatura se acaba la universidad, los amigos, bla bla bla… pero también se acaba lo más importante: las excusas. Ya no vale estar estudiando para no trabajar, para “dedicarle más y mejor tiempo” a las asignaturas, a los exámenes o a tocar la guitarra. Y está claro que quiero, que me apetece trabajar, pero aquí las cosas están como están, hechas una puta mierda para todos, y especialmente para los periodistas.

Y ahora viene el lamento del niño rico porque no ha sentido la amistad verdadera porque tenía muchas cosas, un lamento tal vez estúpido y egoísta, teniendo en cuenta la situación de muchas personas, cercanas, lejanas y desconocidas.

Tengo la grandísima oportunidad de irme a la Argentina a estudiar y/o trabajar, dado que mis viejos están allí. Ya aviso de que lo haré, porque la oportunidad es demasiado importante como para rechazarla -tampoco voy a decir que lo haga por mis compañeros que no tienen esa oportunidad, porque eso es una de las gilipolleces más cínicas que he escuchado en mi vida-, más aún teniendo en cuenta que mi panorama profesional ideal es ser corresponsal, y para eso tener experiencia en otros países, tanto laboral como académica, es prácticamente imprescindible.

Pero esta decisión también implica muchas cosas, de las que he empezado a darme cuenta hace poco. Y es que dejar tu barrio, tus amigos -colegas, conocidos y amigos de verdad, en estos momentos piensas en todos-, tus bares, tus parques… tus todos, se hace difícil. Y no es que allí no vaya a haber barrio, amigos -colegas, conocidos y de verdad-, bares, parques ni todos, pero no serán estos. Claro, en principio, no me voy “para siempre”, pero tampoco cierro la puerta a nada: como he dicho, aquí las cosas están tan mal que entre poder ser independiente y el sentimentalismo, casi que gana lo primero. Pero ya lo dice el Flaco:

¿Dónde está el lugar al que todos llaman cielo?
Si nadie viene hasta aquí a cebarme unos amargos como en mi viejo umbral
¿Por qué habré venido hasta aquí, si no puedo más de soledad?
Ya no puedo más de soledad.

¿Y si no vienen a verme? ¿Y si no vuelvo a verlos? En el fondo son tonterías, porque vendrán a verme o volveré a verlos, pero la incertidumbre del Capitán Beto y del Mayor Tom de no saber dónde vas ni de si vas a poder volver cala más en mí. Porque ahora, sin excusas que valgan, tenemos que coger -agarrar, tendré que ir acostumbrándome- nuestra nave hecha en Haedo y comenzar nuestra particular odisea en el espacio, con la esperanza de que no se rompa la radio, que nuestra nave sepa dónde ir y, lo más importante, que sepa volver.

El anillo del Capitán Beto, del Flaco Spinetta

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1 comentario
  1. MALZZZZ dijo:

    Siempre encontré un paralelismo en estas dos canciones, se me hace que la del flaco es una versión en español de la de Bowie, no se si se habrá inspirado o no, pero estas son las canciones de la “soledad espacial” por excelencia, unas verdaderas joyas.

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