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Periodismo

La Presidenta de la Asociación de Prensa de Madrid, Carmen del Riego, va dando pena por Twitter, justificando su presencia en la no-comparecencia de la televisión sintonizada en el canal de Rajoy mientras va predicando por otros medios la dignidad del periodismo y del periodista. Mucho hashtag y pocas nueces.

Con periodistas que se comportan de esta manera salen los políticos así de cobardes que tenemos, y es un círculo vicioso. Periodistas aquiescentes forman políticos incompetentes, que temen a los periodistas verdad y los vetan, fomentando el servilismo para poder no-preguntar, para poder estar.

En su momento se entendieron las grandes cabeceras como necesarios sustentos de los partidos democráticos todavía poco establecidos, y así siguen comportándose: como correveidile de las juntas directivas donde sus amos hablan. Pero, al igual que está cayendo la monarquía y el sistema de partidos del Régimen de la Transición, habrá de caer también este modelo periodístico servil al poder.

Y es extraño que muchos de estos referentes del periodismo no hayan entendido que esta nueva política que estamos viendo nacer no se va a escribir igual que se escribía la anterior. Llenan páginas de periódicos, comentan en radios y hablan en televisión del 15M, de la politización de la sociedad, de la cada vez mayor participación ciudadana de los problemas –y de las soluciones, aunque esto lo obvien o lo criminalicen- y de cómo se tambalean ciertos principios básicos de la Transición. No parecen entender el  descrédito del que gozan entre la ciudadanía viene porque siguen comportándose como siempre, escribiendo por y para los de arriba, cuando deberían haber escrito por y para los de abajo.

Siguen y seguirán cavando su propia tumba -estas cabeceras, estos periodistas- mientras no entiendan que la gente, el pueblo, ha dado el paso adelante que ellos no han dado: ya no somos niños, ya no tenemos miedo de la democracia. La entendemos y sabemos cómo funciona, y, permítaseme la arrogancia, tal vez mejor que ellos, por habernos criado en ella. Y por ello, necesitamos otras herramientas, otros políticos y otra prensa. Herramientas que nos permitan a todos participar real y efectivamente de ella; políticos que escuchen al pueblo y medios de comunicación que pulsen la voz de ese pueblo y denuncien a los políticos que la desoigan.

Un político que comparece a través de una televisión para que sea visto a través de otra televisión es un político cobarde e indigno, como tan indigno y cobarde es el periodista que se sienta y justifica su presencia delante de ese televisor como “necesidad informativa” La necesidad de estos dirigentes, referentes del periodismo es luchar por un periodismo decente, que habrá de traer una política diferente., y dejarse de tanto hashtag y empezar a predicar con el ejemplo.

Está muy feo citarse a sí mismo, pero tengo que empezar por ahí. Esta mañana escribía en Twitter:

No es que queramos ser freelance, es que entre los medios que dan vergüenza, los que dan pena y los que dan asco, no sabes dónde ir

Y es que el espectáculo que llevamos viendo en los medios de comunicación de este país los últimos meses especialmente es impresionante. Increíble. Insufrible. Se mueven remando entre lo penoso y lo asqueroso, alentados por los ánimos del timonel de cada partido político correspondiente.

Por un lado, tenemos a La Razón, con su cruzada particular contra Oriol Pujol, Artur Mas y cierto independentismo catalán. Evidentemente, la labor que están haciendo no deja de ser importante, desenmascarando y denunciando las actividades ilícitas de un grupo de personas. Pero clama al cielo que, pase lo que pase, la portada sea CiU. El que fuera director de gabinete de Rajoy en varios ministerios tiene claro a quién se debe, y la orden está clara: ataca a los nacionalistas, contribuye a desestabilizarlos y, de paso, olvídate de todo lo demás. ¿Paro? ¿Sobres? Se les pregunta; “ES PA ÑA”, responden.

El ABC lleva varios años bastante a la deriva, salvado prácticamente por sus columnas de opinión. Desde que se fueran Zarzalejos y Expósito, se debaten entre llevar el periodismo de más o menos calidad que habían llevado hasta entonces -con algunos claroscuros, como todos- a bajar a la arena de ataques directos y calidad escasa que imponen La Razón y La Gaceta. Se debatirían, mejor dicho: Bieito Rubido lo tiene claro, ha convertido al único periódico legible de la derecha en otro panfleto más que, cuando toca hablar del paro y criticar justamente a quien sea, actúan como el del chiste: “patatas traigo”.

En este enlace al blog de @AntonioMaestre podemos ver una muestra que nos indica por dónde tirará la portada de mañana.

El País, por su parte, no es ni la sombra de lo que era. Y no porque en las páginas interiores no se pueda encontrar periodismo de calidad en forma de reportajes exhaustivos o noticias interesantes. Sino porque la deriva de la empresa está arrastrando tras de sí a todo el medio. El tratamiento que habitualmente hacen de América Latina -llevado al absurdo máximo con la falsa portada de Chávez-, la evidente pérdida de importancia y peso en un sector muy importante de la ciudadanía y en la conformación de la esfera pública en general, junto con esperpentos como la disputas que les llevó a querellarse contra un tuitero que se inventó una noticia falsa utilizando una captura de pantalla de su página web, hacen del que fuera el referente del periodismo en este país un chiste de sí mismo.

El Mundo, como siempre, sigue a lo suyo. Echa a tres cuartas partes de la plantilla pero luego contrata a Enric González -por lo que suponemos será “bastante dinero”, aunque no evidentemente el sueldo de todo el personal despedido-. Movimiento típico de Pedro J., estúpido y genial a partes iguales: por una parte quedas retratado habiendo despedido a tanta gente y contratando a uno, pero por otra parte, te acabas de hacer con uno de los periodistas más respetados por todo el público, además antiguo buque insignia de la competencia. Jabois, Gistau y el propio González conforman por sí mismos una de las mejores líneas de opinadores que cualquier medio podría tener.

Y las radios no son distintas, con honrosas excepciones como el fantástico A vivir que son dos días de Javier del Pino. Porque las televisiones hace tiempo que ni están ni se las espera.

Espero que esto vaya cambiando poco a poco, que las alternativas como La Marea se acaben consolidando y que entre un soplo de aire fresco en los kioskos.

Acabará siendo placer y no obligación el ser freelance y no tener que depender directamente de ninguna de las mentes preclaras que dirigen últimamente los medios.

Desde que vi el primer capítulo me venía rondando la idea de escribir algo acerca de esta serie, pero mi inconstancia a la hora de llevar cualquier cosa online y personal -a no ser que se trate de poner música y/o gilipolleces-, amén de otros asuntos, me ha retrasado a la hora de escribir esto. Pero un comentario de Álex en el caralibro me ha dado ganas de darle otra vuelta.

La serie atufa a idealismo “democrático” rancio: un republicano convencido que se encuentra con su conciencia, que toma la forma de su productora y, oh, ex-novia. Eso les lleva a hacer un dúo de megaperiodistas junto con un equipo de superperiodistas y profesionales y un jefe mayor pero juvenil y pendenciero que les defiende en su cruzada por ser independientes, azotar al Tea Party y a   “los malos” en general.

Pero bueno, gracias a las clases de guión que nos hemos chupado gracias a nuestra doble vertiente de periodistas y comunicadores audiovisuales -y al sentido común- se entiende que todo eso es para generar conflictos personales, empresariales, emocionales, para crear tensión sexual no resuelta, etc., etc., etc.

De esta manera, lo que más me llama la atención, sin lugar a dudas, es la redacción, the newsroom, y cómo se diferencia del panorama que hay en este país.

La primera, en la frente: una joven periodista que en el primer capítulo es la nueva ayudante personal de Will McAvoy, el presentador estrella, pasa en cuestión de segundos a ayudante de producción. Así, por las buenas, por demostrar “carácter”. La última vez que demostré algo parecido a carácter y personalidad no me cogieron en una beca muy importante.

Y esa es otra: allí todo el mundo es contratado, tiene más de 30 años, se ve que mueve razonable pasta y está contento en su trabajo, cree en lo que hace. La realidad en las redacciones españolas pasa por un ejército de becarios poco o nada remunerados que hacen o bien gilipolleces absurdas o bien el trabajo que tendrían que hacer los periodistas titulares, los que deberían enseñarnos; pasa por otro ejército de periodistas que llevan ni se sabe cuántos años en la redacción y que están tan preocupados por el ERE que tienen encima o que está a la vuelta de la esquina que apenas hacen nada, no vaya a ser que llamen la atención. Realmente, como periodista precario -y ni siquiera becario porque ¡horror! acabé la carrera y como no dispongo de convenio con una universidad no me contrata ni dios, no vaya a ser que tenga que darte de alta en la Seguridad Social y tratarte como a una persona-, este panorama duele, escuece, sangra, y mucho.

Pero claro, la realidad también pasa por esos directivos a los que se les caen los EREs de las manos, porque cómo si no se las van a llenar con los chorrocientos millones que cobran. O pasa también por los periodistas estrella que usan al resto de plantilla como recaderos personales y que luego no son capaces ni de secundar una huelga cuando pueden echar a la mitad de su plantilla de botones a la calle.

El resto de asuntos necesarios para construir el drama suponen también una dramática comparación con la realidad que vivimos aquí. ¿Un periodista estrella con conciencia? ¿Un programa en una gran cadena libre? ¿No hago caso del share? Por favor, si nada más poner la radio o encender la televisión aquí escuchas el sonido metálico de la correa del amo que saca a pasear a su vocero.

No estoy de acuerdo con la objetividad que se plantea en el programa, parto de la base de que hoy en día y cada vez más, el periodismo es posicionarse, pero posicionarse seria y rigurosamente, posicionarse en unos principios y no en unas siglas o en unas cifras. Pero esto es algo que tampoco aquí hacemos: posicionarse es pintarse la cara con las pinturas de guerra de uno de los dos partidos -cada vez menos- mayoritarios, no es defender una concepción de la democracia, del estado del bienestar o de lo que sea. Es refrendar o refutar con noticias -¿hechos?- lo que los otros digan.

El problema que tengo es que, aunque sepa que esa redacción es ficticia, no la conozco, y me queda la duda de si podría ser verdad, de si podría existir. Y aunque sé que en todos lados cuecen habas, también me cuentan periodistas que se van de freelance a Libia cómo van los periodistas de otros medios extranjeros, y sueño con poder llegar a una redacción y que alguien me diga “¡Eh, tú molas, te concedo derechos laborales!”.

Lo que me da muchísimo por culo es que eso sólo pase en la tele y, que desde luego, aquí no está ni cerca de pasar y que tengamos que andar haciendo las maletas, para ver si en algún sitio nos tratan como personas y profesionales y no como reemplazos baratos.

Más Newsrooms y menos Redacciones, por favor.

Cuesta mucho recordar por qué uno quiere ser periodista últimamente. Las portadas de La Razón y del ABC de hoy ayudan poco, como -seguramente, no he tirado de hemeroteca, pero así de triste es que resulta fácil imaginárselo- poco ayudarían las portadas de El País o de Público cuando Zapatero empezó a cocinar esto que tenemos ahora encima de la mesa.

Y si bien hace un par de entradas ya comentaba algunos motivos por los que la profesión está como está, ahora vienen -algunos de- los que faltan.

Parto de la base de que no creo en la objetividad, porque es imposible: desde el momento que somos como somos, hemos nacido en un sitio y no en otro y nos han -y nos hemos- educado de una manera o de otra, no podemos ver las cosas de la misma manera, no al 100%.

Pero en lo que sí creo es en la empatía. Entonces, me cuesta mucho imaginar por qué unos medios de comunicación, que se supone que están para proteger al débil de los abusos del fuerte a través de la información, pilar del control básico de cualquier estado democrático, se comportan como se comportan. Luego, en entrevistas personales, todos hablan de Kapuściński, de Woodward y Bernstein y del Santo Padre, pero la práctica que realizan en el día a día es simple y llanamente asquerosa.

Ponen por encima los intereses económicos y políticos antes que los de sus propios lectores. Señor Marhuenda, la media de edad de los lectores de su periódico es de unos 239 años, año arriba año abajo: ¿cómo cojones puede mostrarse a favor del copago de las medicinas? Esos señores tienen nietos, ¿cómo cojones puede mostrarse a favor de la reforma laboral, a favor del desmantelamiento del sistema de becas?

Entiendo que ante una cumbre europea, a la hora de demonizar a malvadísimos presidentes -también confundidos con dictadores- extranjeros, a la hora de defender una postura económica frente a otra… Entiendo que en muchos aspectos se defiendan líneas ideológicas y políticas propias, pero cuando el ataque es a todos, es a lo común, no llego a entenderlo, soy incapaz. Entonces no entiendo cómo lo que hace unos meses era el mayor recorte al estado social de la mano de Zapatero, ahora nos hablan de “Sacrificio” y resignación, cuando ambas cosas -aunque el impacto de la tijera en uno fuera X y en el otro vaya a ser Y- son exactamente lo mismo.

Por no hablar del ABC, de la policía y de los antisistema. Perdone, señor, el sistema está contra mí: me quita la casa, la pensión, el trabajo, la prestación por desempleo y se lo da todo a los señores que me han quitado estas y más cosas activa o pasivamente. Ponen a un policía en el suelo, pero no ponen a la anciana con la espalda abierta o a la chica cubierta de sangre. Señores, lo que ayer hizo la policía lo hacen en Venezuela y estamos hablando de un escándalo más del brutal y sanguinario Chávez. Quiero ver cómo tratan mañana los enfrentamientos de hoy entre policías y policías delante del Congreso, a ver a quién llaman “violento antisistema” o “radical”.

O la marcha minera, que reunió a decenas de miles de personas por la noche en Madrid y apenas tuvo impacto, ninguna televisión lo cubrió en directo y los medios lo ningunearon. O las incursiones que está practicando la Guardia Civil noche sí noche también en distintos pueblos de la cuenca minera asturiana, disparando a las casas y -según cuentan testigos- poniendo inhibidores de frecuencia para evitar que la información salga del pueblo.

En definitiva, mucho asco y vergüenza. Vergüenza de cómo mienten y manipulan la verdad, los hechos; de cómo interpretan todo según convenga, según quien les mee le da asco o abren la boca -pero ojo, que nos mean igual-; de cómo están creando varios mundos al margen del real; de cómo, por mucho que tengan Twitter y una web 2.0, siguen desoyendo al lector y al ciudadano como en el siglo XIX; de cómo…

No entiendo que frente a cuestiones de la máxima sensibilidad y humanidad se responda con cálculos políticos y con imágenes perversas. Ahora mismo tendrían que estar todos abogando por otra salida a la crisis, para que no la paguemos los de siempre, los de abajo, utilizando su poder para condicionar a la clase política y forzarla a actuar de otra manera. La presión que pueden ejercer es tal que, con un uso responsable de la información y un ejercicio honesto del periodismo, se podrían evitar muchas de los enfrentamientos que estamos viendo. Si todos los medios hubieran denunciado la situación de los mineros desde el día 1, no habría tenido por qué haber enfrentamientos, ya que Soria habría tenido que hablar antes -por  poner un ejemplo-.

Tiene que ser duro eso de ir a trabajar con una pinza en la nariz.

Los dos, en el espacio, sin saber dónde van ni saber cómo volver. No sé -y me da igual- si una va de un colectivero -conductor de autobuses, ¡gallegos!- que lo pierde todo y vive en su autobús o de un astronauta al que las cosas le van mal. Lo más importante, realmente, me parece el irte, el desaparecer, y la incertidumbre, la incertidumbre del ir, del volver, del quedarte, del recordar, del que te recuerden.

Ahora mismo, y a falta de entregar el proyecto de final de carrera -del que a lo mejor hablo un día- en septiembre, podemos decir que ya estoy doblelicenciado. Y con esa doblelicenciatura se acaba la universidad, los amigos, bla bla bla… pero también se acaba lo más importante: las excusas. Ya no vale estar estudiando para no trabajar, para “dedicarle más y mejor tiempo” a las asignaturas, a los exámenes o a tocar la guitarra. Y está claro que quiero, que me apetece trabajar, pero aquí las cosas están como están, hechas una puta mierda para todos, y especialmente para los periodistas.

Y ahora viene el lamento del niño rico porque no ha sentido la amistad verdadera porque tenía muchas cosas, un lamento tal vez estúpido y egoísta, teniendo en cuenta la situación de muchas personas, cercanas, lejanas y desconocidas.

Tengo la grandísima oportunidad de irme a la Argentina a estudiar y/o trabajar, dado que mis viejos están allí. Ya aviso de que lo haré, porque la oportunidad es demasiado importante como para rechazarla -tampoco voy a decir que lo haga por mis compañeros que no tienen esa oportunidad, porque eso es una de las gilipolleces más cínicas que he escuchado en mi vida-, más aún teniendo en cuenta que mi panorama profesional ideal es ser corresponsal, y para eso tener experiencia en otros países, tanto laboral como académica, es prácticamente imprescindible.

Pero esta decisión también implica muchas cosas, de las que he empezado a darme cuenta hace poco. Y es que dejar tu barrio, tus amigos -colegas, conocidos y amigos de verdad, en estos momentos piensas en todos-, tus bares, tus parques… tus todos, se hace difícil. Y no es que allí no vaya a haber barrio, amigos -colegas, conocidos y de verdad-, bares, parques ni todos, pero no serán estos. Claro, en principio, no me voy “para siempre”, pero tampoco cierro la puerta a nada: como he dicho, aquí las cosas están tan mal que entre poder ser independiente y el sentimentalismo, casi que gana lo primero. Pero ya lo dice el Flaco:

¿Dónde está el lugar al que todos llaman cielo?
Si nadie viene hasta aquí a cebarme unos amargos como en mi viejo umbral
¿Por qué habré venido hasta aquí, si no puedo más de soledad?
Ya no puedo más de soledad.

¿Y si no vienen a verme? ¿Y si no vuelvo a verlos? En el fondo son tonterías, porque vendrán a verme o volveré a verlos, pero la incertidumbre del Capitán Beto y del Mayor Tom de no saber dónde vas ni de si vas a poder volver cala más en mí. Porque ahora, sin excusas que valgan, tenemos que coger -agarrar, tendré que ir acostumbrándome- nuestra nave hecha en Haedo y comenzar nuestra particular odisea en el espacio, con la esperanza de que no se rompa la radio, que nuestra nave sepa dónde ir y, lo más importante, que sepa volver.

El anillo del Capitán Beto, del Flaco Spinetta