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Personal

Diez días, dešimt dienų, ten days, dix jours, zehn Tage, dieci giorni, ten days, jyu nichi ( 十日)… llevo pensando un rato en cómo decir en los idiomas que conozco diez días, tal vez para no andar pensando en los diez días en sí.

No es que haya hecho mucho hoy, pero sí he dormido muy poco y tengo un sueño considerable. Bueno, tenía. Hasta que he vuelto a pensar en los días que me quedan para irme. El truco de pensar en el cómo y no en el qué no funciona. Nunca me ha funcionado, nunca me funcionará. Pero como recurso para la introducción no queda tan mal.

Y que sí, que irse está muy bien, que es una gran oportunidad. Que, como decía hace muchos posts -creo, paso de mirarlo-, es la queja del niño rico, una queja que estando como está el país y muchos -por no decir todos- de mis compañeros y amigos, casi da vergüenza expresarla en voz alta.

Aunque realmente no es una queja. No me voy a quejar de irme a Argentina, faltaría más. No me voy a quejar de ir a estudiar y trabajar, de ir a vivir, y de tener la suerte de que anden por ahí mis viejos para ponerme techo y cariño. Pero aún así, cuesta. Cuesta y jode.

Cuesta porque ahora mismo en Madrid parece que tengo un hueco casi a mi medida. Jode porque lo pierdo. Cuesta porque piensas en estos diez días y en todas las cosas que podrías haber hecho los cientos de días previos. Jode porque no sabes si volverán a repetirse alguno de esos días. Cuesta porque no sabes si les volverás a ver. Jode porque puede que no vuelvas a verles. Cuesta porque es irte a la aventura, a poner en duda tus capacidades y habilidades. Jode porque aquí no te dejan ponerlas en duda. Cuesta por todos los “y si” que dejas aquí. Jode por los síes y por algún no que dejas.

Cuesta y jode, y que se den estos dos sentimientos a la vez es lo peor. Porque jode tanto que cuando buscas motivos para que no te cueste, te cabreas; porque cuesta buscar motivos para que deje de joderte.

Me pondría un whiskey -y dos- tranquilamente ahora, pero no lo voy a hacer, Pablo.

Nos vemos en el Exilio.

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Desde que vi el primer capítulo me venía rondando la idea de escribir algo acerca de esta serie, pero mi inconstancia a la hora de llevar cualquier cosa online y personal -a no ser que se trate de poner música y/o gilipolleces-, amén de otros asuntos, me ha retrasado a la hora de escribir esto. Pero un comentario de Álex en el caralibro me ha dado ganas de darle otra vuelta.

La serie atufa a idealismo “democrático” rancio: un republicano convencido que se encuentra con su conciencia, que toma la forma de su productora y, oh, ex-novia. Eso les lleva a hacer un dúo de megaperiodistas junto con un equipo de superperiodistas y profesionales y un jefe mayor pero juvenil y pendenciero que les defiende en su cruzada por ser independientes, azotar al Tea Party y a   “los malos” en general.

Pero bueno, gracias a las clases de guión que nos hemos chupado gracias a nuestra doble vertiente de periodistas y comunicadores audiovisuales -y al sentido común- se entiende que todo eso es para generar conflictos personales, empresariales, emocionales, para crear tensión sexual no resuelta, etc., etc., etc.

De esta manera, lo que más me llama la atención, sin lugar a dudas, es la redacción, the newsroom, y cómo se diferencia del panorama que hay en este país.

La primera, en la frente: una joven periodista que en el primer capítulo es la nueva ayudante personal de Will McAvoy, el presentador estrella, pasa en cuestión de segundos a ayudante de producción. Así, por las buenas, por demostrar “carácter”. La última vez que demostré algo parecido a carácter y personalidad no me cogieron en una beca muy importante.

Y esa es otra: allí todo el mundo es contratado, tiene más de 30 años, se ve que mueve razonable pasta y está contento en su trabajo, cree en lo que hace. La realidad en las redacciones españolas pasa por un ejército de becarios poco o nada remunerados que hacen o bien gilipolleces absurdas o bien el trabajo que tendrían que hacer los periodistas titulares, los que deberían enseñarnos; pasa por otro ejército de periodistas que llevan ni se sabe cuántos años en la redacción y que están tan preocupados por el ERE que tienen encima o que está a la vuelta de la esquina que apenas hacen nada, no vaya a ser que llamen la atención. Realmente, como periodista precario -y ni siquiera becario porque ¡horror! acabé la carrera y como no dispongo de convenio con una universidad no me contrata ni dios, no vaya a ser que tenga que darte de alta en la Seguridad Social y tratarte como a una persona-, este panorama duele, escuece, sangra, y mucho.

Pero claro, la realidad también pasa por esos directivos a los que se les caen los EREs de las manos, porque cómo si no se las van a llenar con los chorrocientos millones que cobran. O pasa también por los periodistas estrella que usan al resto de plantilla como recaderos personales y que luego no son capaces ni de secundar una huelga cuando pueden echar a la mitad de su plantilla de botones a la calle.

El resto de asuntos necesarios para construir el drama suponen también una dramática comparación con la realidad que vivimos aquí. ¿Un periodista estrella con conciencia? ¿Un programa en una gran cadena libre? ¿No hago caso del share? Por favor, si nada más poner la radio o encender la televisión aquí escuchas el sonido metálico de la correa del amo que saca a pasear a su vocero.

No estoy de acuerdo con la objetividad que se plantea en el programa, parto de la base de que hoy en día y cada vez más, el periodismo es posicionarse, pero posicionarse seria y rigurosamente, posicionarse en unos principios y no en unas siglas o en unas cifras. Pero esto es algo que tampoco aquí hacemos: posicionarse es pintarse la cara con las pinturas de guerra de uno de los dos partidos -cada vez menos- mayoritarios, no es defender una concepción de la democracia, del estado del bienestar o de lo que sea. Es refrendar o refutar con noticias -¿hechos?- lo que los otros digan.

El problema que tengo es que, aunque sepa que esa redacción es ficticia, no la conozco, y me queda la duda de si podría ser verdad, de si podría existir. Y aunque sé que en todos lados cuecen habas, también me cuentan periodistas que se van de freelance a Libia cómo van los periodistas de otros medios extranjeros, y sueño con poder llegar a una redacción y que alguien me diga “¡Eh, tú molas, te concedo derechos laborales!”.

Lo que me da muchísimo por culo es que eso sólo pase en la tele y, que desde luego, aquí no está ni cerca de pasar y que tengamos que andar haciendo las maletas, para ver si en algún sitio nos tratan como personas y profesionales y no como reemplazos baratos.

Más Newsrooms y menos Redacciones, por favor.

En el fondo, es bastante fácil desnudarnos, literal y figuradamente. El striptease lo ha hecho arte, precisamente porque es fácil hacerlo: si fuera difícil quedarnos en pelotas, la gente iría a ver a personas ya desnudas y no quitándose la ropa, tu pareja no trataría de jugar contigo con tranquilidad, con calma, poniendo los dientes largos.

La desnudez, repito, figurada o literal, puede esconderse detrás de ocho copas, unas rayas, una frase, un gesto, una mirada o un billete. ¿Quién no tiene ese colega que cuando se toma alguna copa de más está ya quitándose la ropa? ¿Cuántas veces no ha desnudado tu padre tus intenciones con una mirada? Y hay gente que, por un billete, haría lo que fuera: desnudarse es poco.

Además, no todos los desnudos son iguales. No es lo mismo un desnudo en una revista erótica que el desnudo del ya citado colega pedo o que el desnudo de la persona a la que deseas. De todos ellos, y salvando los obvios, el que más me gusta es el de los demócratas y los hombres y mujeres de derecho.

El Estado de Derecho ha desnudado a más gente que Hugh Hefner, y sin pagar ni ningún otro fin específico. Y es que los demócratas se quedan desnudos ante él una vez tras otra, y en este país, normalmente es por el mismo caso: Euskal Herria, el País Vasco, Euskadi, Euzkadi, las Vascongadas… Llamadlo como queráis, pero esta zona y sus habitantes han motivado más desnudos de los que os podáis atribuir en vuestros mejores sueños.

Leyes ad hoc para prohibir partidos, evitar beneficios penitenciarios o rodear elegantemente Derechos Humanos; procesos judiciales (18/98, que cantaban los Lendakaris) motivados por discrepar de una idea de Estado o por ser joven y tener determinadas pegatinas y/o sudaderas; negar constantemente, y sin argumentos legales el ejercicio de la democracia a una parte muy alta del pueblo; actuaciones desmedidas de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; torturas en comisarías; establecimiento de grupos paramilitares subvencionados con el dinero de todos para asesinar a personas… Esto son sólo algunos motivos por los que muchos demócratas y hombres y mujeres de derecho se congratulan de este Estado de Derecho, que les permite hacer esto y más.

Pero amigo, nada es para siempre. El actual Ministro del Interior lo ha descubierto hoy, con mucho dolor, como lo descubrió antes el sistema judicial de la mano de Estrasburgo con Otegi o hicieran lo propio, entre otros, Barrionuevo y Vera, hace ya muchos años.

Porque aquí se les cae toda su ropa de demócratas y de hombres y mujeres de derecho: mordiéndose la lengua, dicen aceptar estos hechos, con un pero siempre detrás. Se congratulan de que el Estado de Derecho funcione para todos (¡ja!) mientras, por debajo de la mesa en la que comparecen, están rajando la madera con el bolígrafo. Se quedan desnudos, en definitiva, y podemos ver claramente cómo no creen en el Estado de Derecho, como intentan rodearlo una y otra vez, y normalmente siempre con respecto al mismo tema: el País Vasco.

De acuerdo, ETA es un grupo terrorista y matar, por muchas ideas que pueda haber detrás, en principio no está justificado. No obstante los presos están sometidos a una legislación, que no puede ni debe cambiar en función de a quién se le aplique. Y los demócratas se quedan desnudos -¡y qué horrores esconden debajo de la ropa!- cuando, con dolor, con el mayor pesar de los pesares, declaran que una persona debería morir de cáncer en la cárcel -siniestra rima-, porque no creen ni que tenga derecho a perdón, ni que la función de la cárcel sea la reinserción o la redención, ni que pueda pasar sus últimos minutos de vida con sus seres queridos.

Hay que ser magnánimos en la victoria, dicen. Y precisamente con esta desnudez, queriendo saltarse el Estado de Derecho para negar a una persona lo mismo que él le pudo haber negado a otras están poniendo a la misma altura a ambos sujetos, al Estado y al asesino.

Es curioso que desde la derecha se exija a la izquierda una moral y coherencia de la que ellos adolecen en cualquier forma, siquiera propia.

Si realizas una expropiación para denunciar el despilfarro de comida y, además, dar de comer a vecinos, estás siendo un cabrón, no sólo por robar, sino porque no has donado tu sueldo, y esa tiene que ser la primera medida de un buen rojo, no tener dinero. De todas maneras, cuando se descubre que sí lo donas, te dicen que por qué lo cobras. Si no lo cobraras, te acusarían de empobrecer el salario de tus compañeros al trabajar gratis. Si no trabajas, te llaman vago. Si haces algo, de ladrón y cabrón no bajas.

Ahora, pídeles soluciones. No las tienen. No tienen ni excusas que tapen su pobreza intelectual y humana.Es fácil juzgar a personas sobre clichés, estereotipos pervertidos como el del comunista-monje cuando la caricatura del señor con puro, chistera y dientes afilados es de verdad tu modelo a seguir.Pregúntale a un liberal que te cruces si no despedirían a 200 personas si pudiera perder un poco de su dinero si no lo hce. Pregúntale si no considera que es mejor que los migrantes paguen por respirar. Pregúntale si tu hijo tiene derecho a una educación pública. Pregúntale por qué está mal la expropiación, por qué está mal donar tu sueldo, por qué está mal no cobrarlo, por qué está mal actuar y por qué está mal quedarte parado.

Como decía, no tienen ni siquiera excusas que tapen su pobreza moral, que queda perfectamente reflejada en la portada del ABC de hoy.

Pongámonos en el lector medio ideal del ABC: católico y liberal.
Va usted a misa, es creyente: ¿acaso dona su sueldo? ¿Colabora con organizaciones caritativas eclesiásticas? ¿Acoge a necesitados en su casa? ¿Pone la otra mejilla? ¿Sigue todos los preceptos expresados en la Biblia? ¿Se ha divorciado? ¿Practica sexo con condón?
Es usted liberal: ¿solicita deducciones a Hacienda por contratar a jóvenes? ¿Solicita ayuda al Estado cuando no puede afrontar sus deudas? ¿Acepta la libre competencia o establece unidad de precios entre las fábricas más potentes?
Escuchas cualquier tertulia, cualquier conversación, y sólo son los de la derecha quienes exigen a los de la izquierda coherencia y extremismo en lo que ellos suponen son las bases de este pensamiento. Porque no trates de explicarles qué son los medios de producción, porque te responderán que si esas gafas también son suyas, si tan comunista eres. Desde la izquierda, por su parte, ya aprendieron hace muchos años, décadas, casi siglos, que es imposible exigir nada a estos señores y señoras, porque no tienen nada.
Los que siempre hablan de la moral y de la ética pero lo hacen refiriéndose a los demás son los primeros que no están ni cerca de conocer una moral, no digamos ya la que respondería a los distintos dogmas que siguen. Y lo peor de todo es que exigiendo esa coherencia extrema en los postulados morales que ellos creen que imperan en la ideología del contrario -que desconocen total y absolutamente- no hacen sino desnudar sus propias carencias.
Viven en la más pura y absoluta indigencia humana y moral. Y ellos ganan. Y ellos mandan.

Érase una vez una ciudad catalana que estaba en una situación muy muy mala, como muchas otras ciudades, cercanas y lejanas, porque la Bruja Malvada del Norte había condenado amplias zonas a una sequía que se llevaba por delante a padres, madres, abuelos, jóvenes y niños.

Dando un paseo el Príncipe por su ciudad, desnudo como aquel del otro cuento -como estaban todos los reyes y reyezuelos del país de aquella ciudad en esos momentos y, como el otro, presumiendo de su estupenda nada-, vio una imagen que removió los cimientos de sus convicciones más íntimas y profundas: una familia estaba buscando en un contenedor de basura algo que comer.

“¡Imposible!”, dijo, “en mi ciudad este tipo de situaciones no se pueden dar” .

Esa misma frase fue pronunciada a muchas leguas de esa ciudad, pero mucho más al sur, en un sitio más caluroso, ardiente. El Príncipe que la pronunció iba desnudo como los otros, pero no para tapar con ropas invisibles su idiotez, sino para ir como el resto de su pueblo, que tampoco tenía demasiado con que vestirse pero que, contrariamente a la frase que recorría aquellos años el Reino, “no se habían vestido por encima de sus posibilidades”.

Os preguntaréis entonces, ¿qué hicieron ambos Príncipes ante el mismo problema? La lógica dice que o bien tomaron la misma solución o bien llegaron a una solución intermedia entre las removidas convicciones de cada uno.

Nada más lejos de la realidad.

Ahora, en Marinaleda, Sevilla, tenemos a un Alcalde con una citación judicial-aunque dos ministros hayan requerido su detención, ojo- por  haber robado en un supermercado nueve carros de la compra para dar de comer a sus vecinos.

¿En el Norte, preguntaréis, qué tenemos en el Norte?

Obtenida de la web de RTVE

Y el problema lo tiene el primero.

Pero mientras estos dos relatos suceden, cada uno con su correspondiente carga informativa basada en el más puro gatekeeping del prejuicio, van a eliminar la ayuda de los 400€ para los parados sin subsidio, porque son sus parados. Mientras, van a cobrar una cuota anual a los migrantes en situación de irregularidad administrativa, cuota que subirá si esas personas tienen más de 65 años. Mientras, se siguen rifando los derechos de los ciudadanos al peor postor en los despachos de toda Europa y de distintos parqués para compensar con sangre los cien mil millones que nos van a prestar para pagar los desmanes del sistema bancario y financiero.

Mientras, Mariano, pasando unos días en Galicia.

Galiza Calidade, coño.